En Menorca todo fluye de forma natural, a un ritmo tranquilo del que se han contagiado los habitantes de la isla, que se encuentran en continua exposición a tanta belleza.
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Menorca es una isla grandiosa, no por su extensión, sino por su gran diversidad de paisajes mediterráneos, en los que conviven especies exclusivas de la isla (plantas y animales endémicos). El paisaje rural está hecho a escala humana, se ha conservado toda la pureza del medio natural al que los menorquines se han sabido adaptar armónicamente. Este compromiso con el entorno ha llevado a sus gentes no sólo a conservarlo, sino incluso a ensalzar su belleza con sus tradicionales construcciones que se adaptan al medio. Así se ha mantenido, al largo de los tiempos, un nivel de belleza en estado puro: un paisaje sin colorantes ni conservantes. Una auténtica reserva de belleza, donde podemos dejarnos llevar por las sorprendentes sensaciones que nos ofrecen el Parque Natural de la Albufera d'es Grau (un paraíso para las aves migratorias, los peces y los reptiles), cinco reservas naturales, una reserva marina y diecinueve zonas ANEI (Áreas Naturales de Especial Interés).
En Menorca todo fluye de forma natural, a un ritmo tranquilo del que se han contagiado los habitantes de la isla, que se encuentran en continua exposición a tanta belleza. Un sorprendente paisaje se va incrustando en la retina del visitante, mediante inesperadas sorpresas visuales. Sin tener todavía tiempo de asimilar la belleza de la última playa visitada, aparece otra al instante para recordarnos que la isla alberga una serie interminable de playas. Las hay para todos los gustos, desde largas playas de suave arena hasta recónditas e insospechadas calas donde bañarnos en sus cristalinas aguas. La costa sur está formada por blancos arenales rodeados de verdes pinares y sus aguas son, en gran parte de sus zonas, de un tono turquesa que no dejará de deslumbrarnos. El norte es más agreste por la erosión que provoca el viento de tramontana en las rocas y que configura, por capricho de la naturaleza, un paisaje idílico de playas y calas vírgenes.

La presencia de la posidonia, planta marina en démica del Mediterráneo, en la costa menorquina es la mejor señal de que las playas de la isla gozan de muy buena salud. Los fondos marinos que las albergan son de una gran riqueza ambiental, por la gran variedad de especies marinas y por su composición mineral que configuran un espectro de colores difíciles de olvidar. La máxima expresión de tanta riqueza marina se concentra en la Reserva Marina de la zona norte, en cuyas espectaculares profundidades encontraremos un espacio medioambiental único.
Pero Menorca no es sólo playas. Su diversidad ambiental es muy amplia. Así, la isla ofrece la posibilidad de encontrar una representación de casi todos los hábitats propios del Mediterráneo. Un tesoro natural que abarca barrancos; que nacen en el centro de la isla y siguen un sinuoso trazado en dirección a la costa sur. Estos precipicios son un auténtico espectáculo natural, que albergan una variada flora que cuenta con 220 especies que cohabitan con los restos de canteras de marés y con las construcciones de la cultura prehistórica. Especialmente interesantes son las especies marinas que se encuentran en las más de diez cuevas submarinas y que no se encuentran en ningún otro medio. Además de estas grutas en el mar, Menorca nos ofrece más de cincuenta cuevas terrestres para explorar.
Las charcas, marismas y lagunas se reparten por toda la isla. Entre las zonas húmedas del litoral, destacan el Parque Natural de la Albufera de Es Grau (una auténtica joya de la naturaleza donde se han contado hasta unos 8000 ejemplares de unas 100 especies diferentes), Addaia, Son Saura y Son Bou. A estas zonas húmedas, se asocian ocho sistemas dunares: en la costa norte, la albufera de Es Grau, Son Saura, Tirant, Cavalleria, Pregonda, cala Pilar y La Vall; y en la costa sur, Son Bou.
El alto grado de conservación del litoral nos ofrece la oportunidad de contemplar el medio natural en estado puro. Las singulares características de estos parajes hacen que proliferen las especies endémicas. En paisaje interior de la isla no es menos sorprendente, por el colorido vegetal que nos regala. Incluso a pie de carretera podremos observar como el color de los cardos, las orquídeas y los crisantemos contrastan con el blanco y negro de las vacas. Un espectro de colores que consiguen una belleza cromática incomparable.

Menorca conserva intacta toda la magia que hace siglos construyeron sus antepasados. Un misterio que sigue aún vivo en forma de piedra, en sus construcciones megalíticas y en sus fortificaciones del pasado, capaces de cautivar a todo aquel que se acerque a compartir los fascinantes entresijos de una isla que es un auténtico museo al aire libre.
Las piedras que cubren gran parte de la isla han sido testigo del paso de numerosas civilizaciones a lo largo de los siglos. Eternas protagonistas del paisaje, a través de ellas podemos hacer un viaje al pasado y descubrir el embrujo que todavía las envuelve. El patrimonio histórico de Menorca es inagotable, se han contado más de mil monumentos prehistóricos, cuevas artificiales, restos de la época romana y vestigios del periodo islámico, así como estructuras de iglesias paleocristianas. Los poblados talayóticos de la isla son de los más significativos en Europa.
El gran legado cultural que ha heredado la isla es proporcional a la pasión de su gente por lo auténtico y a la gran pureza de su cultura popular. Esta tan peculiar expresión cultural se manifiesta en las tradicionales fiestas de Sant Joan, en las que el caballo de raza autóctona es el verdadero protagonista. Así como en su variada artesanía creada por las manos más sabias de la isla o en la expresividad de sus atávicos bailes folclóricos.
Tanta admiración del pueblo menorquín por el arte, se proyecta en los numerosos museos que nos acercan a la realidad cultural de la isla. Así, podremos entender la importancia que le otorga la sociedad menorquina al medio ambiente, en el Museu de la Natura o en Ecomuseu de Cap de Cavalleria. El Museo Hernández Sanz- Hernández Mora ubicado en el Claustre del Carme de Maó, alberga una muestra de mobiliario, objetos y cuadros, además de una biblioteca donde recopilar información sobre Menorca, que nos permite hacernos una clara idea de la notable aportación de los autores de la isla en el arte y la cultura universal. El Museo de Menorca, situado en un antiguo convento de franciscanos, es un fiel testigo de la intensa historia que ha vivido la isla. En su interior podemos reconocer la gran herencia cultural que han dejado las antiguas civilizaciones a lo largo de los siglos.
De igual modo que el Museo Municipal de Ciutadella, en el histórico edificio del Bastió de sa Font, nos ofrece un recorrido por la historia antigua de Menorca a través de objetos directamente relacionados con la vida de los primeros pobladores de la isla.
La gran oferta museística nos lleva también al Museo Diocesà en Ciutadella, donde tenemos la oportunidad de admirar pinturas, de los siglos XVII-XVIII hasta el arte contemporáneo, objetos arqueológicos además de orfebrería y arte litúrgico.
Menorca ha sido, desde siempre, cuna de personalidades de las diferentes artes. La continua exposición a tanta belleza natural de la isla ha inspirado a escritores, pintores y escultores. Así como también ha sido fuente de inspiración para los músicos; una verdadera musa para sus mejores sinfonías.

Las fiestas populares se celebran durante el verano en las diferentes poblaciones de la isla. Estas celebraciones locales son la mejor demostración de la autenticidad de las costumbres menorquinas. El punto de partida de esta serie de fiestas, siendo la más popular de todas, se celebra en Ciutadella el 23 y el 24 de Junio. Cuando llegan las fiestas de Sant Joan, esperadas durante todo el año, todo el pueblo unido por un fuerte sentimiento a las tradiciones se alza de júbilo. Unas fiestas auténticas, en el sentido más amplio de la palabra; un antiguo protocolo marca cada momento de la fiesta y su espíritu pasa de padres a hijos desde sus inicios en la Edad Media. La espectacularidad de sus juegos ecuestres y la explosión de alegría colectiva de la gente nos provocarán un auténtico contraste de sensaciones.
El caballo de raza menorquina es el auténtico protagonista de las fiestas. Pero no sólo podemos disfrutar de todo el esplendor y la belleza de esta noble raza en las fiestas patronales, también están en todos los espectáculos de doma y en las carreras organizadas por los hipódromos de la isla.
Podemos proseguir en nuestra búsqueda de la autenticidad con el folclore menorquín, ya que veremos como la música popular y los bailes tradicionales no han variado su pureza con el paso del tiempo. Tendremos muchas oportunidades de dejarnos maravillar ante tanta expresividad en las continuas representaciones al aire libre. Un buen momento para hacerlo es en la Diada de Sant Antoni (17 de enero), celebrada en honor al patrón de Menorca. Otra forma de adorar a las protectoras Vírgenes del mar, se da en las coloridas procesiones marineras en las que los navegantes engalanan sus barcas y se hacen a la mar una al lado de la otra formando un bello mosaico cromático.
Entre los diferentes espectáculos culturales donde descubrir la sabiduría de las gentes, no podemos perdernos una velada con los "glossadors"; auténticos poetas de rima oral, que nos sorprenderán por su capacidad de improvisación para darse réplica entre ellos. Esta maestría se da también en los artesanos menorquines, de cuyas manos nace una auténtica y variada forma de moldear la belleza. Algunos ejemplos de tanta diversidad artesanal pueden ser: maestros que trabajan la madera para utensilios del campo, bisuteros, ceramistas, herreros, joyeros, maestros en la elaboración del queso, licoreros, zapateros o maestros artesanos en la fabricación de los "llauts" (barcas menorquinas).
Denominada la Isla del viento; Menorca es el escenario soñado para los amantes de la navegación a vela. Podremos practicar windsurf en las calmadas aguas de sus puertos deportivos, donde se ubican las Estaciones Náuticas que ofrecen todo tipo servicios y de comodidades a quién decida fondear y disfrutar de sus instalaciones. Las numerosas empresas de servicios náuticos nos ofrecen la oportunidad de alquilar diferentes embarcaciones o realizar excursiones con destino a cualquiera de sus bellas playas; donde podremos disfrutar de un delicioso baño en el mediterráneo o sumergirnos en sus profundidades. Si buceas en Menorca, te enamorarás de sus transparentes aguas que albergan una gran diversidad de vida que merece ser observada. Sus fondos son un auténtico bosque encantado de plantas y especies marinas únicas, cuevas, contraluces y restos de naufragios.
Las inmersiones en la zona protegida del norte de la isla son una auténtica aventura submarina en las que podemos observar, entre otras muchas especi es, como las langostas y los meros se mueven a su antojo.
Remar en piragua, a través de la naturaleza virgen, es otra muy buena forma de vivir la aventura del mar: descubrir cuevas marinas, impresionantes acantilados o atravesar los puentes naturales más sorprendentes del Mediterráneo.
Después de tantas emociones podremos relajarnos jugando a golf. El primer atractivo que nos encontramos es el clima, que nos permite recorrer sus campos en cualquier época del año. Su ubicación junto al mar y la naturaleza que los rodean, nos da la posibilidad de practicar este apasionante deporte en un entorno de incomparable tranquilidad.
Además del golf, Menorca posee una amplia oferta de instalaciones deportivas, donde podemos realizar diversas actividades para toda la familia. En escenarios junto al mar, podremos disfrutar plenamente practicando tenis, paddel, futbol o basket. La isla tiene además la particularidad de contar con un campo de cricket.
La gastronomía menorquina conserva una historia muy particular. La receta de cada plato que degustamos alberga un compendio de historias y de civilizaciones, enriquecidas con el paso de los años; como es el caso de la salsa mahonesa, que según cuenta la leyenda su origen se remonta a la época de la dominación francesa en la isla. Durante este periodo, un gobernante galo alabó y expandió por el mundo las cualidades de esta sencilla aunque exquisita salsa que había probado en la isla.
Podemos seguir con nuestro viaje al pasado saboreando un vasito de gin; una ginebra que tiene su origen en la presencia inglesa en la isla en el siglo XVIII, destilada totalmente con bayas de enebro que le otorga un aroma incomparable. Compartir la tradición de tomar un gin con la gente de la isla en cualquier bar es una experiencia que no nos podemos perder. Si queremos conocer los secretos de su destilación, podemos visitar sus dependencias en el puerto de Maó.
La isla esconde muchos más secretos, se dice que por la acción del fuerte viento de tramontana el pasto se impregna de la sal del mar. Por esto motivo gusta tanto a las vacas y su queso tiene un bouquet tan especial. El queso con Denominación de Origen Menorca es uno de los más apreciados del mundo. Su sabor reúne toda la esencia de Menorca. Los parajes naturales por donde pastan tranquilamente las vacas y el tradicional método de elaboración, nos trasladan al paladar todo el buen gusto de la isla.
Para ver de cerca tan sabia tradición, la mejor opción es visitar los numerosos llocs (explotaciones agropecuarias) que abren sus puertas al público.
Los embutidos tradicionales de la isla también se elaboran de forma artesanal; lo que cuenta es el saber hacer, sin prisas, como se ha hecho toda la vida en las casas de la isla. La sobrassada es el producto estrella de los embutidos. Si lo que queremos es prolongar el viaje más allá de nuestras vacaciones, la mejor opción es degustarlas en casa mientras recordamos todo lo vivido en Menorca.